Perfectos

 

La respuesta siempre era sí.

Se podía ser más guapo, se podía ser más listo, se podía querer más, se podía sentir más placer. A expensas de ese sí, que marcaba una meta inalcanzable, transcurrían los días deprisa, como una carrera, en la que no era tan importante llegar al destino como no quedarse definitivamente atrás.

Definitivamente atrás, siendo menos.

Librarnos de ese afán por correr, de esa prisa, mejoró nuestra habilidad para dibujar formas redondeadas. Para distinguir nuestro olor a limpio. Los matices de nuestros iris y de nuestros orgasmos. Algo feos, es cierto, algo flacos, algo cortos, algo lentos.

Perfectos, al fin y al cabo, tal como éramos.

Aprendimos, sobre todo, a dibujar.

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