Mi viaje

 
En mi sueño, viajaba en un compartimento de tren acompañado por cuatro o cinco personas, cuya indumentaria indicaba claramente que nos encontrábamos a mediados de los años cincuenta. La máquina sufría constantes sacudidas que nos hacían saltar del asiento y entrechocar a menudo unos con otros, a veces hasta caer al suelo, circunstancia bastante penosa si se tiene en cuenta que mis acompañantes estaban al completo puestos hasta arriba de antipsicóticos.
Este detalle lo deduje, entre salto y salto, juzgando sus movimientos lentos y torpes y las desagradables muecas que realizaban con la boca. Mis sospechas se habían despertado, no obstante, cuando una de ellas me tendió en un momento determinado una caja repleta de Haloperidol, que yo, muy educado, rechacé con una sonrisa.

Sin embargo, su oferta me recordó que necesitaba sin demora tomar un tranquilizante, y entre pirueta y pirueta me afané en buscar en los bolsillos de mi chaqueta y de mis pantalones el pastillero que contuviera la dosis mágica que habría de tornarlo todo de un delicioso y húmedo color blanco. La búsqueda se vio entorpecida en dos ocasiones, la primera de ellas, cuando el señor que viajaba sentado a mi derecha introdujo su dedo índice en mi boca, fingiendo que se trataba de un accidente motivado por un brusco vaivén de nuestro vagón, y la segunda, cuando tras revisar el vacío bolsillo interior de mi chaleco por séptima vez, me acometió un acceso de llanto.

Providencialmente, en ese instante la locomotora redujo su velocidad hasta tal punto que la inercia provocó que nuestro equipaje, hasta ese momento fuera de plano, cayera desde las rejillas situadas sobre nuestras cabezas hasta el suelo, con tal fortuna que una maleta forrada de terciopelo verde vino a abrirse justo ante mis pies.

-¡Voilá! – exclamó feliz la generosa y medicada pasajera de los Haloperidoles, reproduciendo con sus manos los movimientos propios de un maestro de ceremonias.

Y, para mi alborozo, comprobaba yo entonces que la maleta estaba llena de pastillitas blancas y redondas, sencillas en su forma gentil como la sonrisa de mis compañeros y compañeras de viaje que, incitadores, hermanos de soledad y de viaje absurdo, me animaban con sus miradas perdidas a tomar lo más pronto posible una de ellas.

Así que me inclinaba y la cogía – la mano temblorosa – despertando, al retirarla, un corrimiento pastillil, en la orografía de ese paisaje pastilloso, que descubría tu rostro, nada menos que tu rostro, semienterrado someramente bajo quinientas dosis de fármaco. Con la determinación de los que sueñan, depositaba sin dilación el comprimido sobre mi lengua y, cerrando los ojos, me deleitaba en el sabor amargo de la droga, disfrutando por anticipado de su calmante efecto, puesto que sabía que no había tiempo que perder.

Pero entonces, mientras buceando en su sabor, luchando contra las olas de hiel, sorteando relámpagos adormecedores, el recuerdo de tu rostro conseguía asomar la cabeza de la marejada de mi propio dolor, la punzada de la certeza de que algo no marchaba del todo bien me alcanzaba. Algo relacionado con tu rostro que, como suele ocurrir cuando se sueña, no era en realidad el tuyo.

Y quise avalanzarme sobre la maleta para tratar de comprender qué catástrofe apuntaban los rasgos de tu faz tranquila, pero con sólo tratar de incorporarme supe que ya era tarde, demasiado tarde para reaccionar.

Sólo pude quedarme sobre mi asiento, hundido, mientras todas las líneas rectas se difuminaban.

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2 comentarios to “Mi viaje”

  1. teresa Says:

    🙂
    Poe, eterno Poe.
    Bella pesadilla!!!

  2. barroterapia Says:

    Más bellos sois tú, y los buenos ojazos con los que me lees 🙂

    Qué bonito encontrar otro referente común, ¿verdad? Lo que no pueda la cerveza…

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