Su nombre (entre todo lo que es suyo).

Oh, sí, llegó… ¡Por supuesto que llegó!  Algo ruidosa al principio, pero impasible, sin dramatismos, natural, como nos alcanzan los eventos que siguen sus propias reglas, y que son del todo conscientes del peso de su nombre, y de su vulgaridad.  Esparció sus cosas por mi habitación, de cualquier manera. Eligió el lado derecho de mi cama. Me acompaña en casi todos mis recados. Se cuelga de mi brazo. Y la mayor parte del tiempo no se hace apenas notar.

Si salgo de bares, por ejemplo, se queda callada a mi lado hasta que suena una canción que a ambos nos gusta, y entonces se contonea, triste y felina,  hasta que otra melodía, otro cuerpo, otro baile – más vehemente, más sórdido, más vivo – nos sume en un olvido repentino, tanto como fugaz.

Mientras cocino, tiendo la colada, o me masturbo, me observa desde cierta distancia sin intervenir, insistente, esforzándose por que quede patente su presencia; no como una amenaza, sino como una llamada lejana.

Otras veces, sin embargo, le gusta jugar a sorprenderme: le pierdo la pista, casi del todo, pero el sonido de sus pies arrastrándose me avisa en el último instante de que no se ha terminado de marchar. Me abraza por la espalda, mientras sentado frente al escritorio finjo que estudio – que la ignoro -, y acerca su boca a mi oído para susurrarme, sarcástica:

-Tenemos las mismas hechuras.

Entonces yo la miro por encima del hombro, acercando mi boca a la suya:

-Te he dicho mil veces que no te pongas mi ropa sin permiso, puta.

Y suelta una carcajada, y “¡Qué más da!”.

Y lo sé, es cierto. Haber pasado la mayor parte de mi tiempo negando que por temporadas somos dos gotas de agua… ¡Qué insignificante, qué infructuoso empeño!  Incoherente, además…

Puesto que en ocasiones, lo confieso, soy yo quien la invoca primero, deleitándome en cada sílaba de su nombre (Nabokov, claro), en su peso reincidente, resignado, sensual: Nostalgia…

Repetidlo conmigo, no tiene sentido negarlo. A nadie más le pertenece con mayor derecho su nombre que a las propias palabras:

 Nossstaaalgia… 

Y viene, complaciente, cuando la llamas. Pero nunca puedes estar seguro de cuándo  se piensa marchar.

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4 comentarios to “Su nombre (entre todo lo que es suyo).”

  1. Teresa Says:

    ufffff los pelos de punta! Poyakov? ajajajjajja ole ole y oleeeeeeeee

    Tronco… Cuando vas a ponerte en serio de una vez a escribir y publicar?!?! Tu sabes lo BESTIALMENTE BIEN que escribes??????????????????

    • barroterapia Says:

      ¡Gracias por tus palabras, cielo! Últimamente me he puesto a escribir en brerio… ¡No sé si alguna vez podría hacerlo en serio, me lo paso demasiado bien! 😀

      Cuando estaba tecleando el nombre del autor, por cierto, he dudado durante algunos segundos si iba con “b” o con “v”. ¡La palabra “nabo” resaltaba tanto como si la hubiera subrayado con rotulador!

      ¡Muuuuack!

  2. Zanobbi Says:

    Llego a tu blog a través del de Angostura.
    Me ha gustado MUCHO esto.
    Decirte que, como en alguna ocasión le dije a ella, la nostalgia es una enfermedad absurda. Y como escribí en mi blog, no sé muy bien cómo aplicármelo, porque yo la sufro.
    Te leeré. Saludos.

    • barroterapia Says:

      Muchas gracias, Zanobbi, por pasarte por aquí, por leerme y por las mayúsculas 🙂

      Comparto tu opinión sobre la nostalgia. Es una visita pesada y cuesta acostumbrarse a ella pero, por caprichosa, creo que se termina aburriendo de ti si no le das demasiada conversación…
      ¡Algún remedio debe funcionar para esta epidemia!

      Voy a leer tu blog; ¡un beso!

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