Astros muertos

De la búsqueda de la luz versa la vida de los que me rodean. La mía, por lo común, trata sobre escapar de ciertas sombras y de ciertos pantanos. Lo cual viene a ser lo mismo. La diferencia radica en la energía, ese algo que, sacrificio mediante – extirpándose las vísceras  con bisturís verbales – es posible invocar en ocasiones; y en la trayectoria de la luz que recibimos, de la luz que arrojamos sobre el espacio para guiarnos, para ver, para ser vistos. Pero… ¡es tan difícil huir del pasado, olvidar los pasadizos subterráneos por los que aprendimos a orientarnos con los ojos cerrados…! Tan difícil, sea cual sea la dirección en la que corramos…

Buscamos luces, por débiles que sean. Así que el viernes por la noche lo tuvieron fácil para convencerme de ir al Museo de las Ciencias y ver desde un telescopio a Júpiter, con sus cuatro lunas, y a Andrómeda, múltiple y sola. Lo de ver a Andrómeda es mentira. Estaba allí, pero no se la veía, como ocurre con tantas otras cosas. Sin embargo, a golpe de ojo, sin lente pero con gafas, pudimos también divisar durante unos segundos la Estación Espacial Internacional, que recorrió veloz miles de kilómetros dándole la espalda a las estrellas y, súbitamente, desapareció cuando ya no le llegaban los rayos solares. Delicioso. Como cuando éramos pequeños e interrumpíamos cualquiera de nuestros juegos, en el patio del colegio, para decirle adiósconlamanita a un avión que nos sobrevolaba, muertos de éxtasis, en esa dicha (aborrezco esta palabra) simplona y redondeada que sólo se goza (ídem) cuando aún no se han probado las drogas ni el sexo. Aprendimos también a encontrar la Estrella Polar. Y que Casiopea es como una W escrita sin ganas. Y horas más tarde volvimos a verlas, todas juntas, incluso a Andrómeda, puta y sola,  después de tomarnos un chupito de whisky con bourbon. Y las luces no se apagaron hasta el amanecer, poco después de lanzar seis veces las monedas del Iching, con no demasiado acierto.

Este domingo, para continuar la caza lumínica, me llevan por ahí, a meditar, a un pueblo del que sólo sé que está enfrente de un lago. No conozco los mantras. No creo que ningún dios se reencarnara alguna vez en un ser humano; de hecho, no creo en la existencia de ninguno de los dos. Pero voy a ir de buen agrado. Estoy muerto, y echo de menos la vida.

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2 comentarios to “Astros muertos”

  1. Teresa Says:

    Que flipe de entrada! Luz!

    Te deseo lo mejor en esa búsqueda espiritual de nuevas luces y estrellas, pero lo que brilla es lo que vienen a iluminar. Y eso eres tu!!

    Un beso enormeeeee

  2. barroterapia Says:

    Gracias por los ánimos, cielo 🙂 Ya te contaré.

    Para compensarte por haber leído el tostón este de post, mírate el vídeo del link de abajo (aunque es posible que ya lo conozcas).
    ¡Releer entradas como esta me hace pensar que como escritor soy un gran charcutero, pero el malestar me dura lo que tardo en recibir tu beso en pleno careto facial! Yeah!

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