es como llaman
a este fenómeno cotidiano
de ser ahíto
de tortura
es como llaman
a este fenómeno cotidiano
de ser ahíto
de tortura
adormecido
o por todos los minutos que anduve anoche
entre las sábanas
rebuscando
de este otoño moroso
o el impacto de las bobadas automáticas
vomitadas contra el teclado
pero hoy no soy capaz de liar bien un cigarrillo
ni escribir con decencia mi propio nombre
ni chasquear despreocupado los pulgares
o sostener un objeto frágil
más allá de dos pasos
Hoy no puedo refrescar con las yemas y las uñas
las rutas de piel que juntos
hace siglos
transitamos
Mis manos son inútiles extensiones
de la permanente inercia
de las discapacidades emocionales
Efectoras de mil hechos inconclusos
y mendigas ateridas
de idílicas responsabilidades
Sólo estamos a miércoles
y ya encarno la esencia
de un árbol que no da fruto
Imagínate
dentro de un año
Todo es extraño, y los circulos se quiebran, y siguen creciendo como un colmillo, y se convierten en espiral. Busco en las esquinas interiores de los sobres un segundo, sólo; aún menos, un segundo en negativo. Una visión fugaz que ya casi no duele: una espalda, alejándose cuesta arriba, bajo el sol cruel de mediados de noviembre. La luz roba cuatro años a mi piel cuando me azota. Guardo silencio. Y nada más. El balanceo será mi pequeño secreto. Nada importa nada, en la mejor época del año. En ésta, quiero decir.
Compré un costurero pequeño en un bazar del barrio, con el que coso retales que se son ajenos. Me clavo la aguja en la yugular. Con mi sangre, con los dedos, balbuceo flores en el cabecero de mi cama. Imprimo mis huellas en mi absurdo edredón. Mis plantas mueren aguadas sin nombre, solitarias, sin mi marca en el envés. Sin escuchar nada, plantas muertas, y sordas, y muertas.
Me levanto con sueño en la casa nueva en la que vivo (y). “Vivimos en una casa nueva, ¿lo has pensado?”. Millones de kilómetros de pared blanca alrededor. Seis esquinas por habitación. Apoyo la cabeza en la esquina interior, vacía, tercera. Me araño los labios. Espero mi beso. Me clavo la aguja en el corazón. Me acuesto con sueño, en la casa nueva en la que vivo. Rodeado de nada. En espiral, alrededor.
Cuento, con los llagados dedos: un pequeño secreto. Tres plantas muertas, y sordas. Cicatrices en mi cuerpo. Flores, edredones, esquinas, sobre todo la tercera. Una memoria herida. Sueño. Cuatro años menos. Irme a trabajar. No tengo nada. Una sonrisa. No soy nada. Estoy muerto.
Lo tengo todo, a la vez. Expelo el humo en forma de conjunción. I griega.
Si cierro los ojos veo tu rostro
manchado de tinta
y exudo el eco amortajado de tus pasos
Nosotros somos la ruina más hermosa
contenemos la esencia absoluta del vacío
nos sostenemos corrompidos
en los cimientos del adiós más exquisito
pero jamás después de muertos
conmemoramos el pasado
Vulgares un instante, sólo
una danza
o la atención a una visita
o un engranaje
o un regalo
perdidas las puertas que nos contenían
una letra absorta
el polvo filtra y, hostil, profana
(vulgares un instante)
con la excusa más perfecta
(sólo)
por fin los rasga
La belleza no es tal
como antaño nos decían:
toda estancia alimenta el moho
desde la primera piedra
bajo la piel de los muros empapelados
Nosotros somos la ruina más hermosa
la decadencia de los edificios devastados
Yo soy la ruina más hermosa
Mientras me desmorono
lentamente
el dolor escapa por los vanos
Por temporadas se me olvida respirar.
La anoxia tiene su gracia, cuando te acostumbras.
Oh, sí, llegó… ¡Por supuesto que llegó! Algo ruidosa al principio, pero impasible, sin dramatismos, natural, como nos alcanzan los eventos que siguen sus propias reglas, y que son del todo conscientes del peso de su nombre, y de su vulgaridad. Esparció sus cosas por mi habitación, de cualquier manera. Eligió el lado derecho de mi cama. Me acompaña en casi todos mis recados. Se cuelga de mi brazo. Y la mayor parte del tiempo no se hace apenas notar.
Si salgo de bares, por ejemplo, se queda callada a mi lado hasta que suena una canción que a ambos nos gusta, y entonces se contonea, triste y felina, hasta que otra melodía, otro cuerpo, otro baile – más vehemente, más sórdido, más vivo – nos sume en un olvido repentino, tanto como fugaz.
Mientras cocino, tiendo la colada, o me masturbo, me observa desde cierta distancia sin intervenir, insistente, esforzándose por que quede patente su presencia; no como una amenaza, sino como una llamada lejana.
Otras veces, sin embargo, le gusta jugar a sorprenderme: le pierdo la pista, casi del todo, pero el sonido de sus pies arrastrándose me avisa en el último instante de que no se ha terminado de marchar. Me abraza por la espalda, mientras sentado frente al escritorio finjo que estudio – que la ignoro -, y acerca su boca a mi oído para susurrarme, sarcástica:
-Tenemos las mismas hechuras.
Entonces yo la miro por encima del hombro, acercando mi boca a la suya:
-Te he dicho mil veces que no te pongas mi ropa sin permiso, puta.
Y suelta una carcajada, y “¡Qué más da!”.
Y lo sé, es cierto. Haber pasado la mayor parte de mi tiempo negando que por temporadas somos dos gotas de agua… ¡Qué insignificante, qué infructuoso empeño! Incoherente, además…
Puesto que en ocasiones, lo confieso, soy yo quien la invoca primero, deleitándome en cada sílaba de su nombre (Nabokov, claro), en su peso reincidente, resignado, sensual: Nostalgia…
Repetidlo conmigo, no tiene sentido negarlo. A nadie más le pertenece con mayor derecho su nombre que a las propias palabras:
Nossstaaalgia…
Y viene, complaciente, cuando la llamas. Pero nunca puedes estar seguro de cuándo se piensa marchar.
Y entonces ella reaparecía en la penumbra del otro lado de la sala y avanzaba hacia el escenario, el rostro cubierto por un velo liviano, las manos abiertas, vueltas las palmas hacia arriba, una expresión fanática en su faz…
Y ya, ¡ya sonaban los primeros acordes de piano! ¡Sólo existían los primeros compases, las cuerdas ocultas bajo la madera, confesando su presencia, y su mueca, su pose, su vector, su caminar!¡Y llegaría, tornaría sus ojos hacia nosotros, quizá, en cualquier momento!
Y nada, nada de lo que nos envolvía tenía ningún sentido…
Hasta que, finalmente, me invadió el Amor Universal.
Porque el Arte no es más que la manifestación de nuestro Absurdo.
Te recordaré como tinta aún mojada
Cuando ya no acudas nunca
Negra transparencia
De una palabra
(O no)
Mientras te alejes
En el tiempo
Entalcado
En la evolución del erotismo
Piercing
Va
Atravesaba
Los niños envejecen
Aún niños
Así todo
Se absorbe
Y yo
Y mi herida
Rojo entre sus piernas
Alineados
Abiertos
Los chacras
Acariciaba
Tan blanco
Más allá
(Siempre)
Del adiós
Infinito
Placer
Sustancia
Nada
¡Nada!
Me pediste que te atara
(Di)
Solvente en la memoria
Creciste
Fuerte
(Ohm)
Tocábamos las alas de las mariposas con los dedos y, luego, con las yemas tatuadas de colores, nos buscábamos el corazón. Ellas no podían volver a volar más, y yo nunca encontré el tuyo.
Tarde en vano.
Era yo el único que buscaba en realidad, perdido en las afueras de mi infancia. Tú pronunciabas otros nombres y fijabas la vista en otros vuelos, mientras yo no miraba que no había suficientes dedos para recorrer, pasito a paso, una distancia tan amarga.
No son tuyos: pero te busco, ahora, en otros coches, otras pieles, otros valles, otros sexos.
Todo está cubierto por el puto asfalto.